LAS AMAN ZONTKS

Las amazonas fueron míticas mujeres que conformaron sociedades matriarcales durante periodos prolongados en distintas partes del mundo. Hoy, "amazonas" son aquellas mujeres que luchan por la igualdad de derechos y por una mejor sociedad.

lunes, 30 de julio de 2012

Sobre el ‘Capitalismo’ y las ‘Calamidades’




Pablo Eduardo Slavin[1]

“…Sólo una crisis –real o percibida- da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.
Milton Friedman (1962) Capitalismo y Libertad.

Introducción:

En un libro titulado “Calamidades”[2], el profesor argentino Ernesto Garzón Valdés diferencia la “calamidad”, término por el que entiende la “…desgracia, desastre o miseria que resulta de acciones humanas intencionales…”, de las “catástrofes”, que se refieren a “…la desgracia, el desastre o la miseria provocados por causas naturales que escapan al control humano…”.
La pregunta que nos conduce en las presentes reflexiones es si, con el grado de desarrollo actualmente alcanzado por las fuerzas productivas (lo que nos permite hablar del capitalismo en su fase imperialista), las calamidades no constituyen un elemento funcional, y a veces hasta imprescindible para el mantenimiento del sistema.
Uno de los grandes problemas que enfrenta el modelo capitalista es la necesidad de encontrar espacios en los cuales invertir el excedente de capital. La sobreacumulación, la falta de inversiones rentables es una constante. El imperialismo, entonces, se transforma en una necesidad.
Pero si bien entendemos que la estructura económico-social es la condicionante principal que encuentra un Estado a la hora de optar por un rumbo político frente a otro; estamos también convencidos que existen márgenes, con un cierto grado de amplitud, dentro de los cuales moverse.
¿Cómo explicar las enormes diferencias que encontramos entre países como Suecia, Noruega y Nueva Zelanda, con los Estados Unidos o Italia, por citar un simple ejemplo? ¿No son acaso todos ellos países desarrollados y del denominado primer mundo?
Muy disímiles serán entonces las consecuencias que se deriven sobre la sociedad y la vigencia de los derechos humanos, conforme los gobiernos apliquen políticas de corte socialdemócrata, neoconservadora, etc.
La constitución del Estado de Bienestar fue una respuesta de los Estados capitalistas para tratar de apaciguar las crisis periódicas del sistema. Eso, sumado a la enorme destrucción de fuerzas productivas que generaron las guerras y que obligó a realizar millonarias inversiones en infraestructura y en la reconstrucción en general, permitió vivir una etapa de esplendor y crecimiento (1948/1973) nunca vista en los tres siglos de historia del capitalismo.
Sin embargo, las crisis de sobreacumulación volvieron a presentarse, y fue allí cuando las recetas de los economistas de la escuela de Chicago (Friedman, Hayek) encontraron la oportunidad que estaban esperando para entrar en escena.
La acumulación por desposesión (David Harvey) y la doctrina del shock (Naomi Klein) son algunas de las expresiones que mejor describen a este capitalismo depredador de las últimas tres décadas.
Así, David Harvey[3] sostiene la tesis que la acumulación a través de las guerras, el fraude, la depredación y la violencia, a las que aludía Marx como propias de la etapa de la acumulación primitiva u originaria, siguen presentes en la práctica diaria. Es por ello que estas formas, según Harvey, deben ser reexaminadas a la luz de una nueva calificación.
Las privatizaciones en todas sus variantes (energía, transportes, telecomunicaciones, educación, ciencias, etc.), la mercantilización de expresiones culturales y deportivas, de los derechos de propiedad intelectual, la devaluación de activos de capital y fuerzas de trabajo, son todas formas diferentes de desposesión. La política económica promocionada por el neoliberalismo dominante desde la década del setenta del siglo XX, ha sido la encargada de santificar estas prácticas. Aunque sin olvidar que, en todos los casos, el presupuesto necesario para ello fue la existencia de un excedente de capital.
“Lo que posibilita la acumulación por desposesión –explica Harvey- es la liberación de un conjunto de activos (incluida la fuerza de trabajo) a un coste muy bajo (y en algunos casos nulo). El capital sobreacumulado puede apoderarse de tales activos y llevarlos inmediatamente a un uso rentable. La acumulación primitiva, tal como la describió Marx, suponía apoderarse de la tierra, por ejemplo, cercándola, y expulsar a sus habitantes para crear un proletariado sin tierra, introduciendo esta última posteriormente en el circuito privado de la acumulación de capital. Durante los últimos años, la privatización (por ejemplo, en Gran Bretaña, de viviendas sociales, telecomunicaciones, los transportes, el agua, etc.) ha abierto igualmente vastas áreas en las que pueden introducirse el capital sobreacumulado. El colapso de la Unión Soviética y la apertura de China supusieron una cesión masiva de activos, hasta entonces no disponibles, al circuito de la acumulación de capital.”[4] También las enormes devaluaciones y crisis provocadas en el tercer mundo por el sistema financiero internacional, permiten cumplir con estos objetivos.
En la misma línea que Harvey, Naomi Klein considera que la clave para entender la política llevada adelante por el neoliberalismo (aunque llamarlo neoconservadurismo nos parece más apropiado) en los últimos años, se encuentra en la aplicación de la doctrina del shock, la que no sería otra cosa que el aprovechamiento integral de las grandes crisis para hacer tabla rasa con las conquistas sociales del pasado e implantar las políticas económicas más afines con los intereses de los sectores dominantes.
Su tesis es que “…el modelo económico de Friedman puede imponerse parcialmente en democracia, pero para llevar a cabo su verdadera visión necesita condiciones políticas autoritarias. La doctrina económica del shock necesita, para aplicarse sin ningún tipo de restricción –como en el Chile de los años setenta, China a finales de los ochenta, Rusia en los noventa y Estados Unidos tras el 11 de septiembre-, algún tipo de trauma colectivo adicional, que suspenda temporal o permanentemente las reglas de juego democrático. Esta cruzada ideológica nació al calor de los regímenes dictatoriales de América del Sur, y en los nuevos territorios que ha conquistado recientemente, como Rusia y China, coexiste con comodidad, y hasta con provecho, con un liderazgo de puño de hierro.”[5]
Mientras históricamente las guerras y los desastres fueron útiles para abrir mercados, dando lugar a un período de crecimiento posterior, a partir de la década de 1970 la política de privatizaciones ha permitido que estos acontecimientos sean un mercado en sí mismos.
No dudamos que la invasión de Estados Unidos a Irak constituye una calamidad; pero las devastaciones causadas por el huracán Katrina del 2005, ¿pueden ser consideradas como catástrofes o son en gran medida calamidades?
Como expondremos, consideramos que las calamidades resultan ya no sólo funcionales, sino por sobre todo necesarias para la supervivencia del sistema capitalista.

La guerra en Irak:

Entre los variados y falsos argumentos vertidos por la administración Bush para intentar justificar la injustificable invasión a Irak (la existencia de armas de destrucción masiva, las conexiones del régimen de Saddam con Al Qaeda, etc.) el que finalmente mantuvieron en pie fue aquel que afirmaba que con la caída de Saddam se lograría instalar una democracia en Irak que serviría de faro para toda la región.
¿Es esto serio? Y de serlo; ¿Es suficiente para iniciar una guerra?
Varias son las razones que nos llevan a sostener una respuesta negativa sobre ambos interrogantes.
No creemos que la democracia sea un modelo de vida susceptible de ser impuesto por la fuerza, y menos aún por una guerra de invasión, como es el caso. La guerra, con sus secuelas de muerte y destrucción, lejos está de ser la vía adecuada para enseñar a un pueblo las bondades de una forma de vida por ellos desconocida.
La experiencia de lo sucedido en estos últimos años así lo demuestra. Estados Unidos se encuentra empantanado en Irak, país que se ha convertido en un campo de entrenamiento y reclutamiento para el terrorismo internacional. El fantasma de Vietnam se mantiene presente.
Y si es difícil imaginar la instalación de un régimen democrático en Irak, que decir de la prometida exportación del modelo al resto de la región. Siria e Irán continúan manteniendo serios vínculos con el terrorismo. Afganistán está lejos de ser una democracia; y la Franja de Gaza continúa siendo una zona de guerra.
Ya en trabajos anteriores hemos expuesto nuestra posición contraria al accionar de los Estados Unidos en Irak, razón por la cual no nos extenderemos al respecto.[6]
A continuación simplemente plantearemos algunas de las que, creemos, son las verdaderas razones que condujeron a la invasión. Porque si bien es cierto que el tema del dominio del sector energético (el petróleo) jugó un papel muy importante a la hora de tomar la decisión de invadir, no es ese el único negocio que posibilitó, y dudamos seriamente que haya sido el decisivo.
Grandes empresas norteamericanas ligadas a sectores de la seguridad, la provisión de material bélico, la reconstrucción, etc. obtuvieron contratos directos del gobierno norteamericano por varios miles de millones de dólares. Halliburton (de la cual el vicepresidente de USA Dick Chenney fue su Presidente hasta el momento de asumir como compañero de fórmula de Bush) y Bechtel Group fueron las más beneficiadas.
Pero tal vez uno de los comentarios más agudos fue el efectuado por la periodista y ensayista canadiense Naomi Klein en una nota periodística del año 2003.
En un artículo titulado Irak: las leyes de los ocupantes[7], destacaba que “...Hasta ahora los debates de los activistas se han concentrado en si debe exigirse una retirada total de las tropas, o si Estados Unidos debe entregar el poder a las Naciones Unidas.
Pero el debate para ‘sacar a las tropas’ descuida un factor importante. Si son sacados todos los soldados norteamericanos de Irak y un gobierno soberano asume el poder, esa nación seguirá bajo la ocupación extranjera. Se han redactado leyes a favor de otro país. Corporaciones extranjeras controlan sus servicios esenciales. Y hay un 70% de desempleo causado por despidos en el sector público.
Cualquier movimiento serio para la autodeterminación de Irak debe exigir no sólo el fin de la ocupación militar, sino también el cese de su colonización económica. Esto significa revertir la ‘terapia shock’ que el jefe civil de las fuerzas ocupantes, Paul Bremer, ha hecho pasar de manera fraudulenta por tareas de ‘reconstrucción’, y cancelar los contratos privados surgidos de esas reformas. (...)
El 19 de septiembre, Bremer puso en vigencia la Orden 39 que autorizó la privatización de 200 empresas estatales. Se decretó además que las empresas extranjeras podían retener un 100% de la propiedad de bancos, minas y fábricas. Y se permitió a esas firmas sacar de Irak un 100% de sus ganancias. La revista The Economist dijo que las nuevas normas eran ‘el sueño de todo capitalista’.”
 Nada de esto ha sido modificado aún.
Las empresas extranjeras en Irak continúan manteniendo el pleno manejo de la economía de aquel país. La invasión permitió abrir un nuevo mercado para toda una serie de empresas ligadas al poder político americano, las que encontraron en Irak una nueva fuente para aumentar sus ganancias.
Después de lo expresado, ¿alguien puede dudar que Estados Unidos sea responsable directo de la calamidad que hoy tiene sumergido al pueblo iraquí?
El reciente anuncio del Presidente norteamericano Barack Obama, confirmando el retiro de las tropas americanas de Irak para Agosto de 2009, abre una auspiciosa perspectiva de cambio.

El Tsunami y Katrina: Destrucción y Negocios

El tsunami que en diciembre de 2004 azotó las costas de Sri Lanka, causó más de 250.000 muertos y dejó a dos millones y medio de personas sin hogar.
Nadie pone en duda que nos encontramos frente a un fenómeno de la naturaleza que, como tal, constituye una catástrofe. Sin embargo, es importante analizar aquí la respuesta brindada por los Estados capitalistas desarrollados a la hora de colaborar en la reconstrucción.
Naomi Klein encuentra en ello las mismas maniobras que en Irak:
“Los inversores extranjeros y los donantes internacionales se habían coordinado para aprovechar la atmósfera de pánico, y habían conseguido que les entregaran toda la costa tropical. Los promotores urbanísticos estaban construyendo grandes centros turísticos a toda velocidad, impidiendo a miles de pescadores autóctonos que reconstruyeran sus pueblos, antaño situados frente al mar.”
Con el beneplácito del gobierno federal de Sri Lanka y el auspicio del Banco Mundial, la ayuda humanitaria enviada desde el exterior para la reconstrucción, fue empleada para crear centros turísticos ‘cinco estrellas’, manejados por empresarios privados.
Cuando a comienzos de septiembre de 2005 el huracán Katrina golpeó la ciudad de Nueva Orleáns el mundo entero quedó sorprendido.
¿Cómo era posible que la mayor potencia mundial no estuviera en condiciones de responder ante un fenómeno de la naturaleza que, además, había sido reiteradamente anunciado y pronosticado por todos los especialistas?
Desde el momento que la cadena de noticias CNN dejó de lado su habitual complacencia hacia el gobierno de Bush y comenzó a mostrar las imágenes del desastre[8], todos creyeron estar viendo una película vieja.
¿Eran filmaciones de Nueva Orleáns o del tsunami ocurrido pocos meses antes?
Cadáveres flotando por doquier; saqueos; 2,7 millones de personas sin electricidad;  235.000 evacuados; un gobierno federal paralizado que tardó demasiado en reaccionar, y cuando lo hizo, lo hizo mal. Es así como miles de personas permanecieron varios días abandonadas a su suerte, en el estadio Superdome de Nueva Orleans, sin contar con las más elementales condiciones sanitarias.
A través de la Agencia de Gestión de Emergencias, la Casa Blanca anunció que prohibiría a las empresas de noticias filmar la recuperación de cadáveres. Bajo la excusa de preservar la dignidad de los muertos y la memoria de los deudos, lo que el gobierno quería realmente evitar era que la población tomara conciencia de la magnitud del desastre (¿o de la calamidad?). Por suerte, una rápida orden judicial lo impidió.
El premio Nóbel de economía, Joseph Stiglitz, recuerda que “…el mundo había sido advertido de antemano del calentamiento global. El resto de los países han empezado a tomar precauciones, pero Bush, que hizo caso omiso  de las advertencias sobre los planes de Al Qaeda antes del 11 de septiembre de 2001, y que no sólo hizo caso omiso sobre los diques de Nueva Orleáns sino que de hecho vació los fondos para apuntalarlos, no ha llevado a Estados Unidos a hacer lo mismo.”[9]
Las similitudes con el 11S causan estupor e indignación.
¿Deberíamos estar sorprendidos?
Reflexionemos un instante.
Las fotografías que mostraban soldados norteamericanos cometiendo actos aberrantes en la cárcel de Abu Grahib, o la publicación  por el diario norteamericano The Washington Post de la existencia de centros de detención y tortura en países del este de Europa, como Polonia y Rumania, a los que agentes de la CIA conducen detenidos de la guerra contra el terrorismo, motivó la inmediata reacción de la Casa Blanca.
Lamentablemente, dicha reacción estuvo lejos de lo esperado.
Lo que más preocupó al gobierno de Bush, no fueron las torturas en sí, sino que fueran descubiertas y adquirieran dominio público.
La investigación, entonces, estuvo centrada en descubrir cómo se produjo la filtración de información, y no en desenmascarar a los principales responsables de tales conductas.
¿Es necesario explicar las razones?
Volvamos al caso Katrina.
El accionar del gobierno republicano mantuvo su coherencia en todo momento.
 “Cuando, poco después de tomar posesión de su cargo como presidente, alguien le preguntó a George Bush qué haría acerca del calentamiento global, su respuesta fue: . A la pregunta de si el presidente pediría a los conductores que redujeran drásticamente su consumo de carburante, el secretario de prensa de la Casa Blanca, Ari Fleischer, respondió: .”[10]
Jamás se preocupó por las advertencias acerca de las consecuencias peligrosas del efecto invernadero y del calentamiento global, y continuó con su política de daño ambiental. Es más, intervino para maquillar y suavizar los informes de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), censurando aquellos párrafos que señalaban que las emisiones de fábricas y automotores influían  de manera directa en el calentamiento global. En igual sentido, se negó reiteradamente a firmar su adhesión al Protocolo de Kyoto, que obliga a la reducción de los gases invernadero.
¿Puede alguien negar la responsabilidad gubernamental en lo ocurrido?
El huracán Katrina fue un hecho de la naturaleza. La devastación y muerte que produjo, claramente no lo son.
Pero si las tareas de prevención mantuvieron la lógica perversa de los negocios, qué decir con relación a la respuesta brindada frente a los hechos consumados. Los sectores más pobres, en su mayoría gente de color, fueron literalmente abandonados. Muchos no pudieron siquiera salir de sus casas, y la ayuda sanitaria y alimenticia llegó en forma tardía e insuficiente.
Con justa razón Joseph Stiglitz llamó al Katrina el ‘tsunami negro’.
Miles de muertos; pérdidas calculadas en más de 150.000 millones de dólares; más de 400.000 personas quedaron sin sus empleos; y un déficit fiscal previsto para el año 2005 de 333.000 millones de dólares.
Afortunadamente (¿?) el Congreso aprobó una ayuda de emergencia de más de 60.000 millones de dólares.
¿Pero cómo se utilizaron los fondos?
Siguiendo la política empleada para la reconstrucción en Irak, y que tantas críticas mereciera, el gobierno de Bush, siempre a través del sistema de contratación directa, otorgó multimillonarios contratos a empresas ligadas al poder (Halliburton, entre otras).
Como bien señala Naomi Klein[11], el economista conservador Milton Friedman, gran gurú del capitalismo neoliberal aún imperante, ayudó al Presidente en Bush a la hora de armar la hoja de ruta de la reconstrucción. La enorme destrucción fue vista y tomada como una oportunidad para emprender reformas radicales.
El sistema educativo fue uno de los botines de guerra sobre los que avanzó la administración central.
“En brutal contraste con el ritmo glacial al que se repararon los diques y la red eléctrica de Nueva Orleáns, la subasta del sistema educativo de la ciudad se realizó con precisión y velocidad dignas de un operativo militar. En menos de diecinueve meses, con la mayoría de los ciudadanos pobres aún exiliados de sus hogares, las escuelas públicas de Nueva Orleáns fueron sustituidas casi en su totalidad por una red de escuelas chárter[12] de gestión privada. Antes del huracán Katrina, la junta estatal se ocupaba de 123 escuelas públicas; después, sólo quedaban 4. Antes de la tormenta, Nueva Orleáns contaba con 7 escuelas chárter, y después, 31. Los maestros de la ciudad solían enorgullecerse de pertenecer a un sindicato fuerte. Tras el desastre, los contratos de los trabajadores quedaron hechos pedazos, y los 4.700 miembros del Sindicato fueron despedidos.”[13] 
Para que el negocio fuese más completo Bush suspendió la Ley Davis-Bacon sobre construcciones del Estado, y autorizó a dichas empresas a pagar un salario (para lo que se emplean fondos federales) inferior al promedio de la región. Con la altísima tasa de desempleo existente, ¿algún trabajador se negaría a aceptarlo?
La central obrera AFL-CIO efectuó una denuncia pública del hecho. El gobierno central guardó silencio.

A modo de conclusión:

El premio Nóbel de economía, Amartya Sen, refiriéndose a las hambrunas que devastaron Irlanda en la década de 1840, se pregunta:
“¿A qué se debió, pues, esta calamidad? En Man y Superman de George Bernard Shaw, mister Malone, rico norteamericano irlandés, se niega a calificar las hambrunas irlandesas de la década de 1840 de . Le dice a su nuera británica, Violet, que su padre . Cuando Violet le pregunta < ¿La hambruna?>, Malone responde .”
Luego de efectuar una breve crítica a los errores existentes en el relato de Bernard Shaw con respecto a la configuración o no de una ‘hambruna’ y al uso del término ‘inanición’, Amartya Sen concluye en que “…la cuestión fundamental es la contribución de la agencia humana a provocar y mantener las hambrunas. (…) El dedo acusador no puede sino apuntar a los poderes públicos que previenen o no las hambrunas y a los factores políticos, sociales y culturales que determinan las medidas que éstos toman. Las cuestiones que hay que examinar son tanto los actos de omisión como los de comisión.”[14]
¿Podemos aceptar que las consecuencias del huracán Katrina constituyan una catástrofe?
Conforme las razones expresadas, es indudable que gobiernos como el de Bush devienen culpables por omisión y comisión.
Sin embargo, nuestra crítica no puede ni debe limitarse a la administración Bush. Ésta es, sin dudas, uno de los más descarnados ejemplos de apoyo irrestricto a un capitalismo depredador que no tiene ya vergüenza en mostrarse tal cual es. Pero de igual modo, esta lejos de constituir un caso aislado.
Los Estados nacionales se ven obligados, cada vez más, a desplegar medidas que ayuden a las empresas (de capitales nacionales e internacionales) a mantener su tasa de ganancia. Como los intereses de la clase capitalista no son unívocos, sino que, por el contrario, se encuentran en una lucha permanente entre sí por adueñarse de una porción mayor del mercado, a los Estados les resulta materialmente imposible dar satisfacción simultánea a todos los sectores del capital. Es por ello que las distintas ramas de la producción buscan constantemente influir sobre el Estado para poder asegurar su cuota de beneficio.
Si bien es cierto que, aún en los primeros tiempos del capitalismo, cuando imperaba un supuesto liberalismo económico y político, el Estado Nación aplicaba medidas proteccionistas o dictaba las leyes que fueran necesarias para beneficiar a la clase dueña de los medios de producción, lo hacía con una culpa que hoy ha desaparecido.
El Estado se ha vuelto un socio imprescindible de las empresas capitalistas. Tanto es así que el Tesoro de los Estados Unidos no ha tenido dudas en lanzar lo que se denominó el mayor plan de rescate de la historia del país, e invertir 200.000 millones de dólares en el salvataje de dos empresas (Fannie Mae y Freddie Mac) implicadas en la crisis de las hipotecas subprime y la explosión de la burbuja inmobiliaria. La explicación de la Casa Blanca fue simple: hay que evitar una debacle financiera.
Cuando esta ayuda se mostró insuficiente para frenar el desastre financiero, Estados Unidos aprobó una por 700.000 millones de dólares; y luego otra más... Y las ayudas continúan hasta el presente, sin visualizarse un final para la crisis.
¿No era más lógico, más justo, brindar esa ayuda a los millones de familias que no pueden pagar sus préstamos hipotecarios y corren el riesgo de perder en remate sus viviendas? Los intentos del Presidente Obama en este sentido encuentran una enorme resistencia entre los legisladores republicanos.
El régimen capitalista no es justo. Y su lógica no coincide con la nuestra.
Hoy, que Katrina ya dejó en evidencia la nula capacidad de reacción de un gobierno que, como el norteamericano, estuvo desde el 11S preparándose para responder ante situaciones de crisis agudas; que la guerra en Afganistán e Irak siguen siendo un caos sin una salida a la vista; que el terrorismo se ha transformado en una amenaza global; y que la crisis económica parece ser más profunda aún que la de 1930, nos hacemos una pregunta:
¿Hay alguna esperanza?
Amartya Sen encuentra una conexión causal entre la democracia y la ausencia de hambrunas. “Los derechos políticos y humanos también desempeñan un papel positivo en la prevención de los desastres económicos y sociales en general.”[15]
Sostiene que las consecuencias de dichos desastres son sufridas, en general, por los sectores más pobres de la sociedad, pero no por los gobernantes capitalistas, quienes, ante la falta de una oposición seria y de una prensa libre, no tienen que responder por su ineptitud o desidia en prevenirlos.
¿Qué ha sucedido en Estados Unidos?
Desde el 11S, la amenaza de un inminente ataque terrorista y la insistencia de que el país estaba inmerso en una guerra, le permitió a Bush y su gente tener a la oposición sometida y a la prensa a sus pies. Quien no estaba con el gobierno, estaba con el terrorismo. No quedaba espacio alguno para la crítica o el disentimiento.
Afortunadamente, creemos que algo está cambiando.
En estos últimos años se observó una prensa mucho más crítica, que se atrevió a denunciar la política de tortura que el gobierno de Bush venía cometiendo en su lucha contra el terrorismo, o su tremenda responsabilidad en calamidades como la de Nueva Orleáns.
La sombra del macarthismo parece ir desapareciendo, aunque por ahora, el sol que la va corriendo sea muy tenue.
Pero si la prensa libre es un pilar, creemos que la única medida efectiva dentro de la actual estructura económico-social capitalista pasa por el reestablecimiento de un Estado Social de Derecho.
Mientras quienes dirijan los destinos de los Estados Unidos, a la sazón la potencia mundial militarmente hegemónica, actúen como simples personeros de empresas multinacionales, muy difícil será que la discusión sobre el establecimiento de una sociedad más justa sea un tema que,  seriamente, pase a integrar la agenda política mundial.
“Por vez primera, se da ahora, y se da de un modo efectivo, la posibilidad de asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio de un sistema de producción social, una existencia que, además de satisfacer plenamente y cada día con mayor holgura sus necesidades materiales, les garantice el libre y completo desarrollo y ejercicio de sus capacidades físicas y espirituales.”[16]
Federico Engels escribía estas palabras en 1877. ¿Cómo es posible que la sociedad, con el impresionante desarrollo tecnológico habido desde entonces, no haya podido elaborar una respuesta acorde?
En el monopolio de los medios de producción en manos de una clase está gran parte de la respuesta.
Es claro que no podemos esperar que la solución surja de las propias empresas. La búsqueda incesante por aumentar o al menos mantener la tasa de ganancia, no va de la mano con ello.
Estamos convencidos que flagelos como el hambre, la pobreza, la desocupación, muchas enfermedades y hasta el terrorismo global, pueden ser erradicados. Comprenderlos como calamidades y no como catástrofes es un primer paso para lidiar efectivamente con ellos.
Hacerles comprender, a los principales beneficiarios del modo de producción capitalista, que para poder disfrutar de su riqueza deben estar dispuestos a ceder parte de ella, es el que sigue.
Rosa Luxemburgo acuñó la expresión Socialismo o Barbarie. Ella creía firmemente en la validez de la teoría del derrumbe, que siguiendo la interpretación materialista histórica de Marx consideraba que la estructura económico social capitalista llevaba dentro de sí el germen de su propia destrucción. En otras palabras, que el sistema capitalista, al igual que sucediera con el esclavismo y el feudalismo, desaparecerá para dar paso a una nueva formación económico-social.
Pero este análisis no implicaba desconocer que quienes están encargados de desarrollar las fuerzas productivas, y con ello, provocar el derrumbe económico del sistema, son los hombres. Que quienes hacen la historia son los hombres. Y que por ello, no se puede caer en el fatalismo de creer que el socialismo lloverá del cielo. 
Creemos firmemente que una sociedad más justa es posible.
Cien años después volvemos a encontrarnos frente al mismo dilema de Rosa Luxemburgo: Socialismo o barbarie.
La actual crisis económico-financiera mundial abre una impensable posibilidad para transformar las reglas actuales en beneficio de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
¿Habrá llegado el momento?
Mantengamos viva la ilusión.


[1] Profesor Titular Ordinario Exclusivo de Derecho Político, Profesor Adjunto Ordinario de Derecho del Trabajo, Facultad de Derecho, UNMDP; Director del Departamento de Ciencias Políticas y Sociales; Director del Centro de Investigación y Docencia en Derechos Humanos, Facultad de Derecho (UNMDP); Magister en Ciencia y Filosofía Política (UNMDP); Director del Grupo de Investigación Pensamiento Crítico.
[2] Garzón Valdés, Ernesto. Calamidades, Barcelona, España, 2004.

[3] Ver Harvey, David. El Nuevo Imperialismo, Akal Editores, 2003.

[4] Harvey, David. Ob.cit. pág. 119.
[5] Klein, Naomi. La Doctrina del Shock, Barcelona, Paidós, 2007.

[6] Para un más amplio tratamiento del tema nos remitimos a nuestro libro La invasión a Irak – La nueva pax americana, Argentina, 2004.
[7] Ver diario Clarín del jueves 18 de Diciembre de 2003, pág. 35.



[8] Para lo cual debió presentar un recurso judicial fundándose en la Primera Enmienda, ya que el Gobierno Federal había prohibido que se documentara la recuperación de cadáveres.
[9][9] Stiglitz, Joseph - Ver artículo publicado en el diario El País, de España, domingo 18/09/05, titulado El ‘Tsunami negro’.

[10] Singer, Peter. El presidente del Bien y del Mal. Las contradicciones éticas de George W. Bush, Barcelona, 2004, pág. 185/6.

[11] Klein, Naomi. La Doctrina del Shock, Barcelona, Paidós, 2007, p. 207.
[12] Se trata de escuelas creadas por el Estado, pero que pasan a ser administradas y gestionadas por instituciones privadas, bajo sus propias reglas.

[13] Klein, Naomi. Ob.cit., pág. 26.
[14] Sen, Amartya. Desarrollo y libertad, Buenos Aires, 1999, pág. 211/212.

[15] Ibidem. Pág. 227.


[16] Engels, Federico. “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, en Marx-Engels. Obras Escogidas, T II, Moscú, ed. Progreso, 1955, p. 148.

Ref.  Bibliográfica:
Slavin Pablo E. Sobre el "capitalismo" y las "calamidades". doc  


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